martes, 7 de julio de 2009

Oh! he descubierto la poesía!



Las Fauces

El tiempo, mi tiempo,
se estira como u n c h i c l e,
pendiente de tu boca y de sus hijas.
Ante mi se extiende liviana
la eternidad, como una alfombra,
y yo me inclino hasta que mi frente besa el suelo
y orando te llamo.
¡Qué no daría por estar ya al otro lado del puente!

Mas el destino gusta de la trama
Y de marcar sus propios ritmos;
Se demora en los argumentos
En los decorados, en los diálogos,
Y a veces hasta abusa de los silencios.
Soy prisionero ahora de su tictac
Atado al insomnio con sus caprichosas cadenas.
Y todo podría convertirse en excusa
Para acabar
Como acaba la mariposa en la telaraña.

martes, 12 de mayo de 2009

momentos de infelicidad



La naúsea



Todas mis desgracias fueron de juventud, tardes grises de hormigón y alambradas en el liceo francés de barcelona, tardes oscuras de invierno, con las luces de clase encendidas desde las cuatro con el estúpido propósito de iluminar tanto desamparo. Fue en tardes como aquéllas, a menudo lluviosas, en las que la humedad se deslizaba desde las ventanas hasta nuestras vidas, transformando nuestros sueños y esperanzas en musgo plomizo; y esas horas que se estiraban sin límite, horas en las que se erigían universos enteros, con sus sagas y sus Apocalipsis completos, horas de cien minutos, que contradecían las teorías enunciadas por nuestro profesor de física. Allí, allí, encerradas como ganado treinta seis almas que solo ansiaban estar lejos,
mar adentro.

Gran parte de mis desdichas se forjaron aquéllas tardes eternas, en las que día tras día, sombríos educadores se encargaron de ir cortándonos las alas -nuestras propias alas-, hasta que un día ya no crecieron. Su memoria, su existencia incluso, y buena parte de nuestra naturaleza quedaron sepultadas bajo la sobredosis de miles de esos vocablos sin sustancia que nos inocularon sin descanso: predicado, eucariota, pluscuamperfecto, interés variable, hipotenusa, financiación a plazo...

Recuerdo el olor de esas tardes cerradas, tribulación de un aula a rebosar de hormonas, sudor y colonias de pago, y ese tufo a neuronas tostadas que acababan por impregnar hasta los pupitres de fórmica y hierro. Todas mis ilusiones rebotando por las geometrías infames de la arquitectura civil, por aquellas aulas cuadradas diseñadas para cuadricular nuestras mentes, para ayudar a convertir a aquellos lobeznos en hombres de pro, y a aquellas princesas en secretarias de empresa. Al andar por los uniformados pasillos de aquella institución represora, si prestaban la suficiente atención, podías escuchar el ruido de tantos sueños rotos quebrándose bajo tus pies.

Yo conseguí escaparme del tedio metiéndome la vacuna por la vena, y conseguí hacer añicos buena parte del odio y de la frustración generada por tamaña castración. Claro que también me hice añicos el hígado… No fue una venganza: de hecho, yo quedé jodido y el sistema ha seguido igual. Pero conseguí irme tan lejos que ya nunca más supe volver.

domingo, 19 de abril de 2009

el libre albedrío



Uno es uno. Eso lo tengo clarísimo. Pero uno también es múltiples yos, personalidades variables en constante pugna por hacerse con el poder, por conseguir imponerse y manejar nuestro pensamiento. Es como vivir bajo un constante golpe de estado.
La larga lista de nuestras personalidades múltiples incluye la amable, simpática, la perezosa, la egoísta, la ruin y hasta la perversa, la devocional o espiritual, la individualista y la comunitaria, la que es capaz de asesinar en un semáforo, y la que nos impele a lanzarnos a las vías de un metro a salvar a un desconocido. Todas las posibilidades de personalidades que haya ido cultivando el individuo se ofrecen ante él; el libre albedrío se ocupa del resto.

Un día me llama una amigo y me pide que lo acompañe en un viaje. Como me siento en deuda con él -por razones que no viene al caso-, me comprometo inmediatamente sin pensármelo demasiado. Pero resulta que el viaje en cuestión es en realidad una peregrinación: mi amigo tiene una promesa que cumplir a la Virgen, y no le sirve con ir a Lourdes ni Fátima. Tenemos que ir a Medjugorge, al Santuario de la Reina de la Paz, en el corazón de la derrotada Bosnia-Herzegovina.
Héteme allí pues, al cabo de una semana, en uno de los lugares más extraños que he visitado, inmerso en una realidad tensa y cruda como las que reinan en cualquier población tras un conflicto bélico. El paisaje es tan abrupto como los lugareños: rocas y zarzas impiden pasear sin acabar ensangrentado. Mi amigo frecuenta la pequeña iglesia por la que han pasado millones de peregrinos desde principios de los ochenta. Yo –por aquel entonces musulmán practicante- me mantengo a cierta distancia del fervor católico reinante, y de hecho aprovecho para peregrinar el viernes hasta la ciudad de Mostar, llorar ante tanta devastación, y rezar en una de las pocas mezquitas que han quedado. Unos días después, al volver a casa, tengo una serie de movimientos internos graduales que me conducen hasta un estado de contemplación intensa en la que se me aparece la Virgen como Reina de la Paz. Todos mis anhelos son colmados y se me abre el Libro de la Vida durantes tres días y tres noches (uno no duerme cuando está Despierto…).
Bien; hasta aquí todo normal: es normal que me llame un amigo; es normal que pueda acabar en un lugar rarito haciendo cosas raritas; y, si me ha pasado a mí, también debe de ser normal lo de la Aparición. Ahora bien, si debe de ser normal, ¿porqué no oigo decir que le pasa a todo el mundo? De hecho, tras años de intensas meditaciones, he llegado a la conclusión de que sí, le pasa a todo el mundo: todos tenemos siempre enfrente la posibilidad de liberarnos de la Ilusión, de apartar el velo que nos separa de la Realidad, pero escogemos mirar el culo de las chicas cuando pasan, o intentamos triunfar como personas de éxito con cuatro pautas que imitamos, y acabamos siendo esclavos. El libre albedrío se ocupa del resto.

Uno es uno. Dos sigue siendo uno, pero partido. Yo soy firme defensor de la teoría platónica de la Media Naranja. Uno y una vuelven a ser Uno. Aunque me consta que todos somos andróginos en esencia, yo me contento con las mujeres. Y de todas las mujeres, sólo aquéllas que tengan una nariz que reúna una serie de parámetros geománticos de imposible definición. A eso le han puesto nombre: nasofilia.

Un día me planté, miré hacia atrás, y decidí tirarme a todas aquellas chicas que había deseado durante mi vida y no había sabido conseguir. Debo decir que siempre fui exageradamente tímido, y a menudo eso me impidió coronar con éxito alguno de mis sueños.
No es que hiciera una lista o algo así; simplemente empecé por las que tenía más cerca y me lancé. Es increíble como la propia convicción de uno puede abrir caminos insospechados donde antes todo fueron barreras. Hay mujeres (y narices, sobretodo) que uno ha deseado hasta la eternidad en la adolescencia y la juventud, con la intensidad de aquel para siempre; mujeres que son una canción, mil veces escuchada siguiendo el compás con el corazón partío, y que se han quedado para siempre allí, agazapadas. Tomarlas fue reconciliarse con aquel dolor, exorcizar el pasado de heridas que sellaron caminos por los que ahora uno quiere transitar. No hay que dejar nada pendiente para no tener que volver la vista atrás. Es lo que estoy aprendiendo con placer. El libre albedrío blablabla…

Uno es uno. Uno y uno ya son tres, porque está escrito: “Dónde dos o tres se reúnan en Mi nombre, allí estaré Yo también”. O sea que nunca estamos solos. Somos multitud. Dentro y fuera. Y no solo me refiero a las personas o seres con los que compartimos moléculas. Sino también a los otros.

Una noche me encontraba en una habitación compartida en el Monasterio de Santa Katerina, en el Sinaí, sin poder conciliar el sueño. La jornada había sido intensa, como todas las transcurridas aquí, a los pies del monte donde Moisés recibió las Tablas de la Ley. Por aquel entonces estaba yo muy interesado en la ortodoxia, la versión oriental del cristianismo, y me pasaba el día platicando con alguno de los monjes que allí se habían retirado, o con alguno de los extraños peregrinos que acudían al milenario enclave. El caso es que aquella noche no lograba conciliar el sueño; acabé por levantarme sin hacer ruido para no despertar a mis compañeros de habitación en la hospedería que la propia comunidad greco-ortodoxa regentaba junto al histórico refugio. Salí al exterior con la manta envuelta para guarecerme del frío ambiente reinante. El viento se había levantado con brío, agitando con cierta violencia los cipreses y olivos que ornamentaban los alrededores del recinto amurallado. Por aquel entonces la luz eléctrica aún no había llegado hasta el Sinaí, y la visión del cielo nocturno era todo el espectáculo que uno espera del desierto. Llevaba una linterna pero no la encendí. Las estrellas brillaban tan nítidas que pareciera que uno pudiera contarlas, si se lo proponía. El monasterio, construido en el siglo IV, lucía imponente, con sus murallas de más de diez metros que lo hicieron inexpugnable a lo largo de la Historia. Deambulé por los jardines adyacentes sin rumbo fijo, cagaete como siempre que me encuentro sólo en la oscuridad. Qué yo ya sé porqué…
El caso es que de repente comenzaron a manifestarse extraños efectos lumínicos en mis retinas, destellos leves e intermitentes, que fueron in crescendo hasta rodearme por momentos. Me sobresalté, como es lógico, y se dispararon mis cinco sentidos hasta convertirse en diez: me quedé inmóvil, con el cuello estirado y la vista cubriendo los 360 grados de mi alrededor. Se me abrieron los auriculares internos hasta escuchar el fragor de cada hoja de olivo vibrando con el viento. No entendía qué extraño proceso producía aquellos reflejos y mi conciencia estaba a punto de colapsarse. Estaba totalmente acojonado pues, a pesar de tener una mente bastante analítica producto de una educación francesa que me blinda ante muchas tonterías, aquello no tenía explicación. Los destellos, más leves que un flash fotográfico, iban rodeándome e iluminando al azar árboles, trozos del muro, rocas, hasta acabar bañando la montaña de Moisés, a cuyos pies se alza el monasterio.
Aquello era un festival. Yo temblando de frío y estupor, acabé por descojonarme. Estaba de los nervios pero me resistía a marcharme, y opté por una risita estúpida que me mantuvo con los pies en la tierra. Entonces las ví.
Tres luces bien nítidas se desplazaban horizontalmente a través de una línea imaginaria a media montaña, centelleando. Imposible –pensé. Resonó en mi interior al instante un mantra que nuestro profesor de matemáticas se había encargado de esculpir durante años: “Imposible n’est pas français!” . Fransé o non fransé te digo yo que esto no es humano, pensé yo, o alguien en mi interior. Lo cierto es que cualquiera que conociera un mínimo la susodicha y santa montaña estaría conmigo en que era absurdo pensar en que alguien pudiera estar desplazándose a través de una orografía que solo pueden hollar las cabras, siguiendo una línea totalmente rectilínea y a una velocidad constante en plena noche. Pasaron por mi mente todos los típicos comentarios sobre ovnis en lugares sagrados, pero tengo por suerte no creer en los extraterrestres de otros planetas sino más bien en los extraterrestres de este planeta, es decir, seres o entidades sin cuerpo físico (tierra) pero tan reales como nosotros. De hecho pensé en ángeles o seres de luz, por llamarlos de alguna manera, y esa fue la explicación más racional que obtuve para poder no sólo permanecer allí, sino comenzar a dirigirme hacia las luces de la montaña.
Debo ya de empezar a advertir que, aunque pareciera que yo iba decidido, por dentro estaba bastante aterrado. La soledad, la aridez del enclave, la violencia del viento, la noche… todos los factores conjurados para un mal final. No me apetecía nada una abducción con aquel frío, la verdad. Pero no hay nada peor que lo que no se hace, me dije, y finalmente me detuve en el extremo del último muro que separa el monasterio del inhóspito desierto que lo rodea. Las tres luces seguían su pausado trayecto atravesando la gigantesca e informe mole de piedra. Se me ocurrió que podría hacerles señales con mi linterna, como en Encuentros en la tercera fase, pero de ese modo delataría mi posición, y quizás acabase metiéndome en problemas. Por fin, armándome de un valor que no era mío, accioné la linterna tres veces, repitiendo la pauta que seguían los destellos a trescientos metros delante de mí. De repente, nada más hube apagado la linterna, y en aquel estado de extrema expectación en el que me encontraba, sufro un shock vibracional de primera magnitud que lanza mi cuerpo a cincuenta metros de allí y me encuentro corriendo como un poseso hacia la hospedería, antes de que mi mente pueda procesar que aquél estruendo no era sino la campana del monasterio que estaba tras de mí, y que en ese momento tocaba a maitines. Corro partiéndome de risa y de miedo del susto que me acabo de llevar, hasta llegar frente a mi cuarto, donde me detengo con el corazón todavía a mil por hora. Temo hasta que me dé un ataque y me cuesta reponerme entre risas y tembleques. Tengo pipí de tan excitado que estoy, pero no quiero ir hasta el lavabo y decido mear en el jardincito de entrada al cuarto. La cabeza aún me va a mil por la multitud de experiencias y emociones vividas. El aire sigue eléctrico y tengo aún muchas preguntas sin respuesta cuando, sin avisar, se materializa una luz intensa frente a la cara a unos dos o tres metros. Pego un grito y me agacho instintivamente, meándome encima y por todas partes sin entender qué coño está pasando, joder ya con las putas lucecitas. La luz se va acercando y yo me quedo petrificado y orinado, hasta que suena una voz que surge de la luminiscencia: ¿What the fucking are you doing, men? I´m trying to sleep. Es mi compañero de cuarto, que ha acabado por salir ante mis idas y venidas y me está enfocando con su linterna. No creo que se imagine, viéndome allí tirado y empapado de pis, con el pantalón medio bajado, que acabo de tener una experiencia mística. Puto libre albedrío. Prometo mirar más el culo de las chicas al pasar, la próxima vez.

martes, 31 de marzo de 2009

Allegro mà non troppo (ejercicio estilística)















Recuerdo que mi primer LP fue un doble en directo de la banda Deep Purple que me regaló mi madre a los 15 años: “Made in Japan”. Por aquel entonces la música era para mí un ritual de iniciación, casi de liberación. Sacar un vinilo de su funda y disponerlo sobre el plato; darle al “on” del tocadiscos y situar la aguja en el primer surco para tener tiempo de ir a estirarte antes de que sonase el primer acorde… era algo cercano a la droga. A los 18 disponía ya de una buena colección del “Popular 1” y de “Vibraciones”, las dos revistas de música del país, y alardeaba de conocerme el nombre de todos los componentes de todos los grupos del momento. Incluso aprendí a tocar la guitarra para formar un grupo que no prosperó.

Hoy en día he de confesar que a penas escucho música. Tengo algunos mp3 en el portátil, pero más para utilizarlos en los vídeos que para otra cosa. Y es que hace tiempo que me di cuenta de que la música me distrae en exceso; no puedo leer, ni estudiar, editar ni concentrarme con ella. Puedo escuchar dos o tres canciones seguidas, si, pero luego no recuerdo más y me distraigo: se convierte entonces en un rumor, un sonido de fondo que transforma cualquier escena en ficción, en publicidad. Por eso nunca he soportado la radio, refugio de los que no tienen nada en que pensar; ni comer con la tele o la cadena puesta. Siento que me altera la digestión. En cambio me encanta tocar la guitarra, y nunca pierdo ocasión de improvisar cuando me cruzo con otros músicos. Será que disfruto más haciéndola que consumiéndola.

Un buen lugar para escuchar música es el coche: ahí si que no me importa, e incluso disfruto con ella. Tengo casetes de Bob Marley, de Um Kalthoum y de grupos de Malí. La música de Malí es la mejor; es increíble como un país tan extremadamente mísero como éste puede generar tal capacidad creativa y expresiva. Me encanta la música de Malí, y en especial el sonido de la Cora, el instrumento de los trobadores (en Africa son casi deidades) tradicionales, compuesto por una calabaza y multitud de cuerda hechas con tripas de cabra, supongo.

Recientemente he descubierto el Poisoned, un programa para descargar música en la red. Me he bajado música de la que escuchaba en mi juventud: Patti Smith, Lou Reed, Bowie y los Stones. Debe ser la crisis (la mía propia) de los 40, que se me ha retrasado unos años…. A veces, por las mañanas sobretodo, me fuerzo a escucharla para entrar en sintonía con lo que me rodea (el asfalto en esta fase de mi vida). Rock y asfalto van de la mano. Y también la enfermedad, como atestiguan los experimentos realizados con agua y música por el Doctor Masaru Emoto.

La verdad es que me gusta todo. Bach, Ornella Vanoni, Chabuca Granda, Leonard Cohen, Alicia Keys, Eric Satie, la música afro-peruana, la mala Rodríguez, Frank Sinatra, el tango, Miss Dynamite… y si tuviera que escoger un solo disco para llevar a una isla desierta me costaría mucho decidirme. Mejor me llevaba una armónica.

martes, 3 de marzo de 2009

Clarea (ejercicio de narrativa)

Tema: Los Celos.
El despertar/vestirse a oscuras/un ruido/1er líquido en el cuerpo/un gesto ante el espejo.


“Clarea. Lo sé porque a pesar de los gruesos muros que me aprisionan, desde el exterior se cuelan algunos silbidos intermitentes. Con el tiempo he logrado identificarlos como trinos de pajarillos alegrándose con el despertar del día.

No he querido abrir los ojos. He soñado con Bea e intento retener su imagen en mis retinas. Busco a tientas la camisa y los pantalones, apretando bien los párpados sobre su última imagen, sobre ese cuerpo colorido y abrupto que tantas veces he coronado y que últimamente me evitaba. Y recuerdo, mientras me enfundo pantalones y calcetines, el contorno de sus tobillos, de sus muslos, el pliegue de sus rodillas. Me duele el cuerpo y cada gesto al vestirme descubre un nuevo músculo magullado por la estrechez del escondrijo. Cabrones. Ni dormir estirado puedo.

Suena un pitido y tiembla el mundo. Abro los ojos instintivamente. Parece mentira que después de tantos meses aun no me haya acostumbrado a este Apocalipsis diario. Me vibra el cuerpo entero, pulmones, cráneo, huesos, dientes… hasta los poderosos muros de mi habitáculo se estremecen bajo los decibelios del generador que tengo encima, no fuera que me diera por gritar. Se enciende la bombilla.

Casi trescientas rayitas decoran ya las paredes de mi funesto escondite, trescientas noches sin ella. ¿Habrá podido esperarme? Solo llevábamos 2 meses saliendo juntos, exactamente 47 días. Los he recordado todos durante mi doloroso cautiverio. De hecho creo que podría perdonarles todo, el miedo, la incertidumbre, el insomnio de las primeras semanas, esa vibración inhumana y hasta la estrechez del agujero. Pero nunca que me hayan alejado de ella. ¿Y si no ha sabido esperarme? Y si a buscado consuelo en abrazos ajenos? Quizás ni sepa que sigo vivo, quizás hace tiempo que tiró la toalla. Además Bea es un animal sexual. No sabe vivir sin ello, de eso puedo dar fe. Fueron solo dos meses, pero lo debimos de hacer doscientas veces. Nunca parecía satisfecha. Jamás me había encontrado alguien así. ¿Y si no me ha esperado? ¿Con quién estará? ¿Habrá vuelto con aquel desgraciado de Lucio?

Bajo la trampilla ha aparecido la bandeja con el desayuno. No he oído como la dejaban. El olor a café intenta invadir sin éxito el enrarecido ambiente que se respira aquí abajo. Tomo la taza entre las manos para sentir el único calor de otra mañana enterrada. Hace tiempo que me duelen las articulaciones de los huesos de las manos. Sorbo a sorbo consigo serenarme y volver a sentirme humano. El café es mi única oración, y mientras baja por la garganta siento que se humedece ese desierto de sensaciones en el que estoy sepultado. Al tragar se despejan los oídos embotados durante la noche y el sonido chirriante del motor se hace aún más presente, más agudo. Busco entre los bolsillos un par de trozos de ropa que utilizo como tapones. El recuerdo de Bea me había mantenido aislado de esta barbarie.
¿Dónde estará ahora? Habrá llegado a la oficina seguramente, con esa minifalda roja que yo le prohibía llevar. “Es una invitación a la violación”, le prevenía. Y ella se reía de mis temores con un “pues vióleme de una vez, que ya está tardando!” Y es que Bea es mucha Bea. Engullo el panecillo mientras recuerdo nuestra última noche juntos, nuestro último abrazo en la escalera, junto al portal, la última mirada cuando se alejaba por el callejón. Qué no daría por verla un rato más, por tener una de esas bolas mágicas para vigilarla durante las noches…

Al apartar la bandeja advierto que bajo el plato me han dejado un pequeño espejo del tamaño de una postal. Hace por lo menos 2 meses que se lo pedí, gritando a través de la trampilla antes de que encendieran el tormentoso aparato. Lo tomo con inquietud y lo acerco frente a mis ojos para descubrir horrorizado que no soy yo el que está aquí, que es otro el que dibuja una desgarradora mueca sobre su brillante superficie. Esta postal de mal gusto ha de ser una broma macabra, otra forma de tortura. Durante unos instantes sostengo esa mirada ajena que me observa tras una máscara mortecina. Acabo lanzando el espejo contra los muros pero no se hace añicos Debe de ser de algún tipo de plástico. Sonrío pensando en que han debido creer que hubiera podido.... Estúpidos, no saben que mi fuerza no está aquí, que mi vida no permanece aquí abajo, sino junto a ella, entre sus brazos, entre sus pechos… Bea…¿Dónde estarás ahora? ¿Estarás en la oficina, pensando en mí como yo lo hago? Claro que sí. Lo nuestro es de verdad, es para siempre. Acaso no estás tú ahí, cada mañana, saludándome entre los trinos y diciéndome que te espere?

jueves, 26 de febrero de 2009

Jubilarse a los 48 (artículo de opinión)

He de reconocer desde un principio que carezco de una visión subjetiva en lo que a jubilaciones se refiere, puesto que no he pegado un sello en vida y mi currículo laboral más parece un haiku. Pero creo que es necesario cierto distanciamiento y ecuanimidad cuando abordamos cualquier asunto que tenga que ver con la religión.

Si, la religión. Adoramos trabajar, nos encanta estar ocupados, producir, ejercer, construir, diseñar. Nuestra civilización está basada en esa actividad frenética y depredadora que rige la lógica capitalista: cuánto más, mejor. Además, el laboro está bendecido en las Sagradas Escrituras. Trabaja o revienta. El trabajo es así para el humano un bien sagrado, divino, como si poseerlo nos hiciera estar en comunión. Porque, ¡ay, cuando no lo tenemos o lo perdemos!, lo buscamos entonces cual Santo Grial, avergonzados en la filas del INEM, nuestro original purgatorio. ¿Acaso no llamamos chupópteros a todos aquéllos que, escogiendo una vida ociosa, contrarían su naturaleza trabajadora, violentando la Ley del Mercado, y enflaqueciendo el sacrosanto PIB?

Y es que dicen que el trabajo dignifica, que es un derecho. Sin embargo, ¿cuál debe de ser el porcentaje de trabajadores que, con la ilusión de ejercer ese derecho, acaban desempeñando labores que nada tienen que ver con sus aptitudes, inclinaciones, gustos o intereses? Personas que dedican sus horas a realizar gestos mecánicos, o peor aún, labores injustas y actos reprobables encargados por terceros; hechos con los que no se identifican y que les obligan a apagar su conciencia para sobrevivir con un mínimo de coherencia interna, la mayor parte de las horas de la mayor parte de los días de la mayor parte de su vida. Para todos ellos, esclavos de la Matriz imperante, ¿no cabría suponer que una jubilación anticipada habría de sentar como una liberación espiritual, un gozo sin límite ante la nueva oportunidad de volver a vivir en libertad que te brinda la vida? Pues hete aquí que tampoco es así, sino que a menudo, el sentimiento de vacío y culpabilidad que arrastra la inacción conlleva el peligro real de caer en una depresión, o en estados de angustia vitales que socaven nuestro calidad de vida. No sabemos estar sin hacer nada.

¿Cómo se llega a ello? Ya desde muy pequeños nos acostumbran a horarios y tareas que violentan nuestras más naturales tendencias. Nos adiestran en el momento en que somos más influenciables a acatar relaciones de poder y esquemas mentales que solo tienen como objetivo prepararnos para engrosar las filas de un mercado laboral acallado y obediente. El plan Bolonia ya empieza en la primaria: el mal estudiante es sinónimo de vago, y ese es un mantra difícil de borrar en un cerebelo tierno. Mal lo tenemos si queremos imaginar que otro mundo es posible. Un mundo en el que solo tuviéramos que estirar la mano para comer… ¿Les suena? No sé, quizás es que prefiero los paraísos artificiales a los fiscales, pero a mí todo me suena a disparate.

¿Jubilarse a los 48? ¡Pero si a ésa edad casi es cuando deberíamos de empezar a trabajar! Si recién con los cuarenta sabemos quiénes somos, que es lo que nos gusta y qué lo que sabemos hacer bien… Además, ya han crecido los niños y no podemos dedicar en cuerpo y alma a lo que de verdad nos interesa, sin importarnos horarios ni convenios. ¡Anda que no subiría el dichoso PIB con legiones de trabajadores felices!

La crisis (editorial)

¿Cuál es la causa de la crisis financiera actual?

Naomi Klein, en su reciente ensayo “La doctrina del shock”, describe varias de las pistas que habrían de servirnos para encontrar la respuesta. En el libro se relata la metódica implantación de las directrices económicas diseñadas e impartidas por Milton Friedman y la llamada “escuela de Chicago”, y que podrían resumirse en su conocido mantra: “el estado es el problema”. La ley del mercado exige al mercado como único rey. El mercado como autorregulador del sistema financiero globalizado y la no-intervención de las instituciones en su control son la pauta a seguir si deseamos un mundo equilibrado. Pero como dichas políticas auguran fuertes desarreglos en un principio (hay que resetear todo el sistema nada menos), solo pueden ser implantadas sin contestación en estados con problemas, países en estado de shock (como ha sido el caso en varios países del cono sur durante las dictaduras y tras los golpes de estado o las catástrofes naturales, y finalmente en casi todo el mundo occidental tras el 11S) . Cómo ha sido posible el triunfo de las políticas ultraliberales y su implantación –a menudo imposición- en la mayoría de los estados conocidos es lo que denuncia el libro: el estado de shock-contínuo en el que vivimos tiene un origen y un diseño, y uno de sus objetivos es precisamente ése, dejar al personal en constante perplejidad para conseguir una falta de reacción ante medidas y políticas económicas salvajes.

Porque salvaje es, como denuncia Ignasi Ramonet, del Monde Diplomatique, que se haya conseguido llegar a mover una cantidad de riqueza seis veces mayor que toda la riqueza real del planeta. ¿De donde sacaremos ahora los 5 planetas que nos faltan? No me extraña que se piense en colonizar Marte y en volver a la Luna. Lo que me extraña es que no se haya empezado a hablar de colonizar los satélites de Júpiter.

No deja de ser curioso por otra parte que ante este nuevo Apocalipsis ya se hayan apresurado a reconocer los cadáveres de la dos primeras víctimas definidas, y que son precisamente las dos en las que debería recaer toda la ayuda de que disponen los estados para equilibrar el maltrecho planeta: por una parte el cuidado del medioambiente, y por otra la ayuda al desarrollo. O sea que ésas dos áreas fundamentales de nuestro futuro, que por fin eran aceptadas como objetivos prioritarios por la mayoría de los países bienpudientes tras años de batalla, pasan de repente al principio del juego como por arte de magia. No sé, eso de que siempre pierdan los mismos ya nos tendría que empezar a extrañar. No olvidemos que todo el dinero reservado para dichas áreas servirá para refinanciar a las financieras, y todo ello en defensa de “nuestro estilo de vida”. Perdonen si no me levanto, pero es que es precisamente ése el problema. El creer que siempre podremos salvar los muebles, y confiar en que nuestros gobernantes lo resolverán.

No, tal como Arcadi Oliveras (Intermón-Oxfam) denuncia, la crisis no es financiera, sino estructural, alimentaria y energética. Y creo que los tiros van más bien por ahí, nunca por lo que nos cuentan en grandes titulares. ¿Hemos sobrepasado el pico del petróleo, el pico de la producción alimentaria, el punto de no retorno en el ecocidio al que sometemos a la naturaleza? Esos son los temas que deberían preocuparnos. No ya si las bolsas tienen futuro, sino si hay de verdad un futuro que pueda llamarse así. Las prácticas ultraliberales ya han dejado huellas indelebles de sus desvaríos en el panorama económico internacional. Es obvio que a partir de ahora el mundo de las financieras será muy distinto. Habrán regulaciones y controles estrictos durante unos años. Y más crisis. Pero las verdaderas directrices seguirán en manos de unos pocos, casi los mismos, a no ser que se renueven las instituciones internacionales en su totalidad (empezando por la ONU, OMC, BM, FMI, ,…). ¿Seremos capaces de exigir que así sea?